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Lo que se me pasa por la cabeza...Cómo intentar ser “minimalista” en una sociedad tremendamente consumista…
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Cómo intentar ser “minimalista” en una sociedad tremendamente consumista…

Hace un tiempo por casualidad vi en Netflix un documental titulado “Minimalismo (un documental sobre las cosas importantes)”, lo firmaban Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus, ideólogos del llamado “Movimiento minimalista”.


En él, se exponen los beneficios del “menos es más” a través de testimonios de personas que se declaran en contra del actual modelo de sociedad basado en el consumismo y que han decidido vivir dando prioridad a las personas por encima de las cosas. Este documental, rodado y basado en la filosofía de vida de la sociedad norteamericana, es extrapolable a otros muchos lugares del Planeta. España, sin duda, es uno de ellos.


A mí me gustó mucho… y desde entonces se puede leer en mi perfil de Whatsapp una de las frases símbolo del movimiento: “Ama a las personas y usa las cosas. Lo contrario nunca funciona”. El mensaje parece obvio, pero la realidad es que vivimos en una sociedad en la que “las cosas” han tomado un lugar preferente en nuestras vidas. La gente ama sus coches (a los que cuidan como si fueran sus hijos), adoran sus móviles de última generación por los que pagan cantidades desorbitadas de dinero, o están enamorados de los 17 abrigos que tienen colgados en sus armarios esperando que pronto llegue el nuevo miembro de la familia, el número 18…

En el documental participan psicólogos, científicos, sociólogos, etc. y todos parecen llegar a la misma conclusión: “la acumulación de objetos no conduce a la felicidad y el consumismo desproporcionado es una fuente constante de insatisfacción”. Según Rick Hanson, neuropsicólogo, parece que el dinero compra la felicidad de alguna manera y un estudio demostró que, por debajo de los 70.000 dólares al año (unos 57.000 euros), un mayor bienestar material está vinculado con un mayor bienestar psicológico, pero cuando se pasa de ese para mí inalcanzable umbral, el dinero no compra la felicidad, concluyendo que puedes tener más dinero, pero no por ello ser más feliz.

La «Corriente Minimalista», que cada vez tiene más adeptos, aboga por un estilo de vida basado en el “menos”: menos cosas, menos caos, menos estrés, menos deudas, menos frustración y menos distracciones, pero a la vez basada en el “más”: más tiempo libre, más momentos de calidad, más relaciones satisfactorias, más crecimiento personal y más solidaridad. Una vida más consciente, más responsable.


El documental no habla de tener que deshacerte de todas tus pertenencias, por supuesto que no, habla de hacer un consumo responsable. Tampoco habla de que consumir en sí sea malo, habla de que es malo consumir de manera compulsiva, de crearnos una necesidad irreal, habla de tomar conciencia de lo que realmente es imprescindible, habla de tomar el control de tu vida para que nadie te convenza de lo que necesitas comprar o hacer para ser feliz.

Al ver ese documental algo sin duda se despertó en mí y comencé poco a poco a intentar aplicar esa filosofía en mi vida.


Lo cierto es que, aunque quería hacerlo, me resultaba muy difícil. Yo, consumista nata, que durante años había intentado acallar vacíos y frustraciones a base de adquirir cosas bonitas, realizaba esfuerzos ingentes para evitar comprar y seguir acumulando. A veces, iba “solo a mirar”, veía algo que me gustaba, me iba a casa satisfecha de no haberlo comprado convencida de que no lo necesitaba, pasaba luego horas pensando en el objeto de mi deseo, para acabar volviendo a por él al día siguiente.


Y de repente, decido dar a mi vida un giro de 180 grados… dejo mi trabajo de un día para otro y vendo mi casa para volar a Australia a cumplir mi sueño… y ¡oh Dios mío! ¿qué hago con todas mis cosas? Años y años de acumulación de objetos, de recuerdos, de “por si acasos”, de vida.


Decidí mi cambio de vida a principios de junio (dos días después le dije a mi jefe que dejaba el trabajo), puse mi casa en venta y la vendí a principios de agosto, me compré un pequeño apartamento de 50 metros cuadrados en la playa el mismo día de la venta, dejé mi casa de alquiler en Madrid el 1 de septiembre, usé los muebles que pude encajar en el pequeño apartamento, vendí, tiré y regalé el resto, a finales de octubre estaba volando hacia mi nueva ciudad con una maleta y una mochila. Había dejado en un trastero ajeno tres pequeñas cajas (dos de ellas de mis hijos) y dos bolsas de ropa. En un abrir y cerrar de ojos me había deshecho del 90% de mis pertenencias.

Me sigue gustando la ropa (mi mayor vicio) y las cosas bonitas, eso nunca va a cambiar, y sigo comprando cuando creo que es necesario. La diferencia es que ya no compro para llenar vacíos, compro cuando existe una necesidad real. Mentiría si os digo que me considero parte de la corriente Minimalista, porque aún me queda mucho camino para eso (no es fácil), pero sin duda puedo afirmar que he tomado conciencia y os aseguro que es tremendamente liberador pasear por la vida ligera de equipaje.

¿Y vosotras? ¿Sois de acumular o vivís ligeras de equipaje?

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